martes, 28 de febrero de 2017

FRAGMENTOS DE MI NOVELA "EL PRECIO DE SHEREZADE" (1): BARCELONA(s)




"Sellamos la puerta del mausoleo. Saltamos escaleras abajo, cruzamos recepción como un rayo y besamos con las suelas el asfalto de la la calle para devorar varias manzanas a paso rápido, solamente dedicándonos de tanto en tanto las miradas nerviosas de dos adolescentes escapados de clase. Yo no tenía ganas de decir nada. No hacía falta. Sherezade tampoco dijo la primera palabra hasta que estuvimos ya bastante lejos del hotel, y esa palabra fue “espera”. Entonces con una horquilla sacada de su bolsito rosa de Hello Kitty abrió el candado de dos bicis que dormían abrazadas contra un poyete. Pedaleamos los dos bajo la luz de la luna llena por calles que se iban haciendo progresivamente más inclinadas, mientras íbamos dejando atrás el bullicio del Paralelo, y el tumulto hipstérico de sus bares con carteles de “Sangría” y “Tapas”. Ninguno lo había expresado en voz alta, pero los dos sabíamos que nuestra meta era la montaña de Montjuich, la roca oscura que se levantaba entre la ciudad y el mar, y hacia ella pedaleábamos con ganas y sintiendo el aliento cortarse por el esfuerzo y el fresco de la noche. Cuando la pendiente amenazó con vencer nuestro entusiasmo nos bajamos de las bicis y las llevamos de la mano cuesta arriba, por la carretera vacía y serpenteante. Descansamos por primera vez cuando estábamos bastante altos, ya por encima de los tejados de las casas y las azoteas con palomares, apoyados en una barandilla de madera y con la alfombra luminosa de la ciudad a nuestros pies. Allí nos quedamos un largo rato, todavía sin que una sola palabra rompiese la magia del momento. Yo me sentía ya mucho mejor. El caminar me había despejado la cabeza, y había hecho abrirse al puño que me atenazaba las tripas de tal manera que ahora sólo sentía en mi barriga el leve cosquilleo que la resaca de sábado deja cuando ya ha pasado el martes. El ataque había remitido. Yo ya no me sentía impotente, el peso sobre mi nuca era mucho más llevadero. Ya no me sentía nervioso al lado de Sherezade. Supe, sin haberlo hecho todavía, que ya no me costaría hablar. Y sentí entonces ganas de hacerlo.

-Seguro que si lo pienso un poco, soy capaz de adivinar en qué sitio de ahí vives tú.-dije de pronto señalando hacia el mosaico de luces.

-Tú estás loco- afirmó ella con una breve sonrisa.

-Bueno...¿Y por qué no voy a poder, eh?

-Pues porque ni me conoces a mí, ni conoces la ciudad. Así que doblemente imposible.

-Vale. Lo de que a ti no te conozco no lo puedo negar – reconocí- Pero...¿Que no conozco Barcelona?¿ Y a ti quién te ha dicho eso?

-Pues tú. Antes. En el hotel. Me dijiste que era la primera vez que venías.

-Ya. Pero es que no haber estado en una ciudad no significa no conocer esa ciudad. Hay más formas de conocer una ciudad que estando en ella.

-No me digas. ¿Y qué formas?

-Leer sobre ella, por ejemplo -contesté- A veces, leyendo sobre una ciudad se la puede conocer mucho mejor que pisándola. ¿No crees?

Sherezade no contestó. Sólo apretó muy fuerte los labios finos de su boquita y frunció el ceño un poco, valorando su respuesta. Después se encogió de hombros y soltó una pequeña pedorreta desafiante.

-Vale, pues te lo voy a demostrar. -dije yo con decisión- Mira. Aquello de allí -dije señalando al fondo a la izquierda – Es el Carmel. De allí venía el Pijoaparte de “Últimas tardes con Teresa”, de Marsé. Teresa Serrat, la Teresa del título, es de un poco más abajo y un poco más hacia allí, del barrio de Sant Gervasi, zona pija. En otros libros Marsé también habla de aquí, del sitio en el que estamos: La montaña de Montjuich, y los poblados de chabolas que en el siglo pasado llenaban la otra cara, y bajaban casi hasta el mar. Ahí vivió su infancia alguien llamado Fernando Atienza, que un día de 1971 estuvo buscando al Watusi por toda la ciudad, y descubrió la belleza en la piscina del Club de natación, por allí por la derecha. Eso de ahí abajo es la estuatua a Colón, en la Plaza Portal de la Pau, en la que vivía un buitre bastante crápula llamado Buitaker, y antes ahí, en el puerto, a su lado, había una réplica de una de las carabelas hasta que una locomotora de tren salió volando de debajo del agua y se la llevó al espacio exterior en el cómic de “La caja de Pandora”, de Superlópez. Esto de aquí abajo es el Poble Sec, y más allá comienza la Ciutat Vella, por donde maquinaba Onofre Bouvila en el tiempo que fue de una exposición universal a otra. El Raval, antes el Chino, el chino de Jean Genet, por donde pululan aún los fantasmas de Bromuro, y de Biscúter, y de Charo. Donde está el Bar del Pirata, al que iba el Maki, el último choriso. Por donde también la liaba parda toda la basca del Makoki: El Emo, el Cuco, el Niñato. Makoki, por cierto, organizó una espectacular fuga de la cárcel Modelo, que está por allí, para el otro lado de la montaña, por el barrio de Sants. Pero no nos vayamos. El Gótico, por allí, donde está la Plaza del Diamante en la que Colometa conoció a un tipo llamado Quimet. También por ahí, más hacia el Borne, estaba el Zeleste, en donde los Garriris de Mariscal tomaban bocatas de jamón afgano. Luego están las calles parten la ciudad: la Rambla, por allí, que era por donde se prostituía Anarcoma, de Nazario. El Paralelo, que acabamos de dejar, por donde corrían Sarita y todas las lumis de Alfredo Pons...El Víbora, joder. No hay nada mejor que el Víbora en su época dorada. Pero no sólo de viñetas vive el hombre...mira, allí, aquella celda cuadrada es el Eixample. En su parte derecha está la calle Aribau, en la que estaba el piso de Andrea en “Nada”, de Carmen Laforet, y aquello de allí es el Tibidabo, el cuya ladera estaba el Cadillac solitario, y esto, todo esto, es la Barcelona por donde se perdió Gurb, la Barcelona perforada por entradas secretas de la T.I.A., la Barcelona por la que Flanagan persiguió al Pantasma en un taxi, la Barcelona de Carvalho y de Zipi y Zape y de Gato Pérez y de Massagran y de La Moños y de...

Me paré de repente. Sherezade me miraba con los ojos muy abiertos y la boca torcida en una cómica expresión de alarma, como si le diese miedo el torrente de información que se le había venido encima.

-Vale. Lo siento. Perdón-dije mostrando las palmas de las manos mientras tomaba aire y me serenaba- Creo que me he dejado llevar más de lo que debía.

-No, no. Si está muy bien.-contestó- Ha sido muy...interesante.

-Ya, pero bueno. Creo que explica bien mi punto de vista, ¿no?. A pesar de no haber estado nunca antes de hoy, conozco la ciudad más que mucha gente que ha estado más veces.

-Bueno-corrigió ella-conoces la ciudad que está en los libros, y en los tebeos, y en las canciones. Vale, conoces muchas Barcelonas distintas. Pero ninguna es de verdad.

-En eso te vuelves a equivocar- repliqué yo- Todas ellas son más reales que esta en la que estamos. Mucho más reales que...que esta mierda de sitio de cemento barato y precios caros, que este parque temático para extranjeros beodos. Esta...esta... puta mierda... acabará viniéndose abajo más pronto que tarde, te lo digo yo. Es imposible que algo tan mal construido aguante tanta estupidez. Se derrumbará. Explotará. Se lo tragará el mar o vendrán los extraterrestres y lo arrasarán como en el Mecanoscrito del Segundo Origen. Y entonces será polvo. Esta Barcelona de baratillo dejará de existir. Y sin embargo, la Barcelona que yo te he dicho, la de los libros, la de los tebeos y las canciones...

...esa Barcelona seguirá existiendo para siempre". 



De "El precio de Sherezade", de Daniel Orviz. (Work in progress)



... 


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