jueves, 3 de marzo de 2016

MICROCUENTOS 43: "MONIGOTE"







43-MONIGOTE

El niño contempló la pared blanca con el corazón latiéndole muy fuerte, mientras apretaba el lápiz en su mano. Del cuarto contiguo llegaba atenuado el sonido de los ronquidos de su padre, que había acabado por rendirse al poder de la siesta sobre el sofá del salón. Su madre aún tardaría un rato en volver. Si no hacía demasiado ruido todo iría bien.

Lentamente y con solemnidad se puso de rodillas, estiró su brazo y dibujó en la pared blanca un pequeñísimo monigote de palo. Lo hizo allí abajo, muy cerca del rodapiés, en donde ninguna persona mayor hubiese sido capaz de detectarlo si no era agachándose mucho. Acto seguido se separó para contemplar su obra.

El monigote abajo, y arriba toda la inmensidad de la pared vacía. Al contemplar su obra el niño sintió un estremecimiento de placer que lo recorrió desde la coronilla hasta los dedos de los pies. Lo había hecho. Allí estaba su creación, pequeña y libre ante un espacio virgen casi eterno, lleno de promesas y tesoros por descubrir. Jamás el niño había tenido ante sus ojos una imagen más equilibrada, más completa. Más perfecta. El niño se dejó llevar por aquella sensación maravillosa hasta que poco a poco fue remitiendo, y volvió a sentirse normal. Entonces guardó el lápiz en el bolsillo y se dispuso a volver al salón.

Algo lo detuvo, no obstante. Ya de pie, volvió a mirar al pequeño monigote. Si crearlo había sido tan maravilloso, pensó, cómo de maravilloso sería… Sin terminar de asimilar este pensamiento, se agachó de nuevo y dibujó otro pequeño monigote al lado del primero.  Ver a los dos hombrecillos allí juntos le gustó, pero sintió que el pacer que le producía ya no era tan grande como había sido al crear al primero. La imagen ya no parecía tan completa. Dos hombrecillos solos en aquella inmensidad…¿qué iban a hacer durante todo el tiempo? ¿Cómo harían para no aburrirse?. Lentamente, el niño volvió a llevar el lápiz a la pared, y dibujó al lado de las dos personitas y minúsculo aparato de televisión.

Ahora, cuando volvió hacia atrás se encontró con que, lejos de producirle tranquilidad, aquella imagen le llenaba ahora la cabeza de preguntas: ¿qué programas emitiría aquel pequeño electrodoméstico? ¿quién los protagonizaría? ¿con qué energía creada en qué central y con qué medios se alimentarían sus circuitos? Y en el momento en el que lo apagasen ¿cómo se entretendrían sus dos hombrecitos?. Casi sin pensarlo, el niño volvió a estirar su brazo. Y luego lo estiró otra vez, y otra.





Veinte minutos después, tras recorrer toda la casa buscándolo, su padre lo encontró ensimismado enfrente de una pared repleta hasta el último hueco de hombrecitos, aparatos de televisión, coches, camiones, fábricas, bloques de apartamentos, centrales nucleares, tostadoras, centros comerciales, autopistas, tendidos eléctricos y millones de cosas más. En ese mismo momento el niño comenzaba ya a bosquejar con su lápiz los muros de una gran fábrica en la que cientos de hombrecillos de palo proyectaban la creación de una bomba, fruto del poder del átomo y la goma de borrar, capaz de devolver toda la pared de un plumazo a su original y perfecto estado de blanco impoluto.









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