miércoles, 16 de diciembre de 2015

MICROCUENTOS 35- "SONRISA"









35-SONRISA


Candidato político con posibilidades de triunfo entra en la habitación de hotel en la que pasará esta noche. Acaba de llegar del penúltimo acto de la campaña, todavía con el eco de los aplausos rebotándole en los oídos. En el pasillo se ha despedido con un abrazo de cada uno de sus compañeros, de los guerreros con los que lucha hombro a hombro por un futuro mejor para su país. Ahora la puerta de la habitación está cerrada y el candidato está solo. Se siente cansado, pero satisfecho. Sabe que lo ha hecho bien. Enciende la televisión. Todas las cadenas hablan de él, y de su discurso, y lo muestran triunfal y sonriente, luciendo esa misma sonrisa sincera y abierta que aún tiene ahora brillándole en la cara. Escuchándose a sí mismo con aprobación, se afloja el nudo de la corbata y se la quita sin deshacerla. Acto seguido también se libera de la camisa y luego, con parsimonia, de todo el resto de la ropa. Ahora el candidato está casi desnudo, sólo falta quitarse lo último. Frente al espejo, el candidato se lleva la mano a la boca, se quita la sonrisa y la deja encima del escritorio de la habitación. Sin ella, el candidato se convierte en un hombre más de mediana edad, algo calvo en la nuca, con ojeras, que aparenta quizá más edad de la que tiene. El candidato entre en el baño, y allí se da una larga ducha caliente. Cuando sale, envuelto en vapor y arrugado como un bebé, siente ganas de ponerse su sonrisa una vez más. Quiere tumbarse en la cama, y sonreír mirando al techo, mientras recuerda los aplausos de esta tarde.

Pero al ir a recogerla del escritorio, se da cuente de que su sonrisa ha desaparecido.

El candidato siente un escalofrío nervioso por todo su cuerpo. No es posible. No puede estar pasándole esto. Está seguro de haberla dejado ahí, y la habitación está cerrada por dentro. Pero la realidad es innegable. La sonrisa ya no está. Y él, sin su sonrisa, ya no es ningún candidato futurible. Sin su sonrisa no es más que un hombre normal. Y nadie va a votar a un hombre normal. Sabe que si al día siguiente se presenta al mitin final sin su sonrisa, su carrera habrá terminado. Así que la busca por toda la habitación, al principio guardando la compostura, pero muy pronto ya histérico. Abre los armarios, tira los cajones, echa los muebles por el suelo. Pero la sonrisa no está por ninguna parte.

De repente, el candidato tiene una idea.

Sale corriendo al pasillo, y con golpes ansiosos llama a la puerta de su compañero, el segundo en la lista del partido. Él no tarda en abrir la puerta y, cuando lo hace, el candidato ve que bajo su mirada interrogante luce una gran sonrisa abierta y sincera. “¡Ja!”, dice el candidato. “¡Lo sabía! ¡Tú me la quitaste! ¡Devuélvemela!”, pero el segundo no entiende a qué se está refiriendo el candidato. Así que el candidato directamente salta sobre él y se la arranca a puñetazos. 

No han pasado ni cinco minutos desde que salió de su habitación y el candidato ya regresa. Respirando fuerte, sudando, con alguna mancha de sangre en su albornoz, pero sonriendo de nuevo. Ahora se tumba sobre la cama sin dejar de sonreír, no se la va a quitar de la boca como antes, no va a cometer el mismo error. Durante media hora larga, el candidato mira al techo desde la posición horizontal, apretando mucho los dientes, sintiéndose el macho alfa de una manada gigante de leonas hembras. Luego la adrenalina va bajando, y el candidato cierra los ojos, y se duerme.

Cuando menos de media hora después abre los ojos de súbito, no necesita siquiera mirarse al espejo para corroborar la verdad que ya está sintiendo en sus huesos. En su piel. En su boca. La sonrisa ha desaparecido de nuevo.

Esta vez el candidato ni busca por la habitación ni piensa. Directamente corre hacia el pasillo y golpea fuertemente la puerta del tercero en la lista.


****

Son las diez de la mañana del día siguiente, el del final de la campaña. Caminando hacia el día gris que se extiende en el exterior, cruza el hall del hotel un grupo de hombres normales cabizbajos. Algunos todavía tienen marcas de golpes en sus caras. Al frente de ellos camina el hombre más normal de todos. Algo calvo en la nuca, con ojeras, aparentando quizás más edad de la que tiene.
Delante del hotel espera el autobús. Ha llegado la hora de irse al último mitin.

Nadie del grupo sonríe.

Abajo, muy por debajo de sus pies, en las alcantarillas bulliciosas de la ciudad, las ratas afilan sus dientes y sonríen al futuro con sonrisa robada de candidato futurible.




Va a ser un buen día.





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