miércoles, 21 de octubre de 2015

MICROCUENTOS 31 - "ENFERMEDAD"





31-ENFERMEDAD.

Aquel domingo nublado de otoño el señor Jaime Robles sintió un ligero mareo momentáneo al levantarse de la cama. "Debo de tener la tensión baja", pensó, pero supuso que añadiendo a su desayuno habitual una taza de café extra lo arreglaría. Volvió a sentir una extraña sensación, no obstante, mientras salía por la puerta de casa para ir al trabajo. Como si hubiese algo que no acabase de encajar. Pero, como bien pudo observar desde su coche, el sol brillaba en el cielo y, bajo la promesa de la próxima llegada de la navidad, las calles se veían bulliciosas y felices. ¿Que podía pasar de malo?. El autobús lo dejó frente a su oficina, como siempre. Y a la puerta del despacho su secretaria lo esperaba con todos los casos pendientes que tenía que revisar. El señor Robles tomó su lugar en la amplia mesa compartida y se puso a leer hoja tras hoja.

De repente la alarma comenzó a sonar. Todos los compañeros del señor Robles corrieron hacia los uniformes de bombero para ponérselos rápidamente e ir hacia el camión. Todos menos el señor Robles. Se había quedado clavado en su silla, mientras todo le daba vueltas. Había algo que no iba bien. Nada NADA bien. 
-Jose, ¿Te pasa algo?- gritó su secretario -Estás pálido como una rosa... 
No contestó. Arrojó lejos las herramientas y salió corriendo hacia la calle. El médico, pensó. Él puede ayudarme. Hacía años que el señor Robles tenía al mismo médico, y hasta ahora nunca le había fallado. Sacó el teléfono y marcó. La voz serena y tranquilizadora de su médico contestó al otro lado. -¿Doctor?- suplicó el joven -Me llamo Juan Robles y necesito que me ayude. Es muy URGENTE.

Ya en la consulta, y tras escuchar la historia de su malestar, la doctora tecleó unos instantes en el ordenador y luego, tras leer con atención lo que la pantalla le ofrecía, cerró el libro y miró al señor Ramos con gesto grave. 
-Lo que me temía - dijo -Sufre usted una rarísima enfermedad. Una enfermedad muy grave. Está usted perdiendo el raccord, señor Montes. 
-¿El raccord?- contestó él.-¿Y qué es eso?. 
-La continuidad de su información, la estabilidad narrativa- concretó el inmenso hombre negro - En resumen, se está volviendo usted incoherente a pasos agigantados.

-¿Es...está seguro?-dijo el anciano señor Estévez con voz trémula.

- Totalmente. Y lo peor de todo - contestó el pescadero mientras cortaba en lonchas el inmenso trozo de carne- es que es una enfermedad muy contagiosa. Y que se extiende muy rápidamente.

-Pe...pero entonces- balbuceó la señora Rita Juárez - ¿qué puedo hacer para salvar a mi hijo?

- Nada- ladró el perro -  Ya no hay ninguna esperanza. Ni para él, ni para usted, ni para mi, ni para este mundo. Ya sólo es cuestión de segundos.

Tic tac, hacía el reloj, y a su ritmo las gotas de lluvia caían sobre el gigante ídolo azteca. El viejo limpiador del museo le limpió el polvo de su diminuta cabeza cubriéndola con su mano, y luego utilizó el fuego de la hoguera en la que el arroz se tostaba para encender un cigarro. Cuando hubo terminado de beber, arrojó la corneta calle abajo, se subió a su monopatín y en él se fue cabalgando hacia el sol poniente. 

Amanecía.








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