domingo, 4 de octubre de 2015

MICROCUENTOS 28: TURISTAS





28-TURISTAS.


Él miraba el amanecer solitario de un lejanísimo planeta (dos soles octogonales que brotaban del mar caleidoscópico hacia un cielo de colores jamás imaginados) cuando la familia se le acercó por detrás y plantó a su lado las toallas, la sombrilla y la nevera de mano. Eran cuatro: Marido, mujer y dos niños de parecida edad que no esperaron ni a que el campamento estuviese instalado para comenzar a tirarse puñados de la arena brillante y gritarse el uno al otro. Sin siquiera mirarlos, la mujer se sentó en una de las sillas de plástico y apretó el botón de un pequeño artefacto que comenzó a emitir un son machacón y pegajoso. El hombre sacó de la neverita una lata de cerveza y se la bajó de un trago para después lanzarla todo lo lejos que pudo hacia las olas de tonos cambiantes.

-Qué pasada, ¿eh?. -le dijo entonces a él, señalando hacia el luminoso horizonte - ¿Viene usted mucho a éste?

Él no contestó. En una dimensión diferente a aquella, otro él se retorció nervioso bajo las sábanas. Las aves de cristal chillaron en el cielo insultantemente saturado, y toda la imagen tembló un instante como si fallase la pantalla de una televisión antigua.

-Nosotros es la primera vez que venimos a los de éste.-continuó el intruso- Nos habían dicho que sueña cosas espectaculares y, coño, pues es verdad. Pero hay que venir temprano, claro. Que, como se ha puesto tan de moda, luego se llena y es un asco.

Con el bum profundo de una negra bala de cañón, en alguna parte, tres o cuatro aves estallaron en las alturas, dejando tras de sí una leve lluvia de cristales punzantes. Todo el cielo pareció perder un poco de su color mientras la mujer, con el mismo aparato que escupía la música, sacaba una foto tras otra. Click. Click. Click. Click.

-Pero, con gente o sin ella -seguía el hombre, subiendo cada vez más el tono de voz- esto es una pasada. Una puta pasada. Como para venir cada noche, vamos. No me extraña que vengan todos. Míralos, ya casi están aquí.

Él entonces se giró, y miró a su espalda, y quiso gritar. Pero ya no gritaba allí, en aquella playa extraterrestre de tonos imposibles. Ya no.

Justo antes de despertarse, ahogado en sudor frío, en un mundo de colores mucho más atenuados que los de aquel amanecer, los vio venir desde muy lejos, levantando con las ruedas de sus coches columnas de polvo del color del arco iris: Miles, cientos de miles de turistas sonrientes. Millones. Todos ellos ávidos de nuevas experiencias, todos ellos plenamente convencidos de su derecho a estar allí. Todos ellos dispuestos a llevarse en la memoria de sus cámaras, codificado en sabios y precisos megapíxels, un trocito de la luz indescriptiblemente bella de su propio sueño.





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