miércoles, 22 de julio de 2015

MICROCUENTOS 26: "CHUNGO"



26-CHUNGO.

El gerifalte del conglomerado de comunicaciones (traje azul marino y corbata roja, perfume caro y anillos con símbolos masónicos en los dedos) está en su despacho, y tiene frente a sí al becario. "Quiero que encuentres lo peor de la sociedad, y que lo grabes", le dice el gerifalte mientras le pone delante una cámara de vídeo. "Y cuando lo hayas hecho, entonces podrás ser como yo".  El becario asiente, coge la cámara y abandona el despacho.

El becario sale al pasillo y coge el ascensor, en el que marca el piso más bajo de los casi trescientos que tiene el edificio. A llegar a él sale del ascensor, y desciende a pie otros veinte niveles de escaleras, y luego recorre un largo pasillo hasta llegar a una puerta en la que pone "Archivo". Al otro lado hay una mujer de mediana edad que lee una versión abreviada y dulcificada de "Crimen y castigo". "Necesito encontrar lo peor de la sociedad", dice el becario, y la mujer le señala una puerta de las ocho mil que hay más allá de su mesa. 

El becario va a la puerta en cuestión, y la abre, y al otro lado se encuentra a una pareja de adictos al crack que se comen su propia pierna untada con mierda de mandril enfermo de ébola a cambio de una moneda de cinco céntimos falsa. "¿Son ustedes lo peor de la sociedad?", les pregunta el becario. "Ni de coña", contestan ellos, "Lo peor de la sociedad está en esa habitación de más allá, pero para poder pasar a verlo tendrás que darnos tu camisa". El becario se quita la camisa y se la da, y ellos se apartan muy educadamente para dejarlo pasar. El becario abre la puerta que da a la habitación de al lado y entra en ella. Allí hay una mujer que utiliza el cadáver de su hijo recién nacido para golpear con él a un perro atado un poste mientras escucha versiones techno de las óperas de Mozart. "¿Es usted lo peor de la sociedad?", pregunta el becario. "Casi, pero no.", contesta la mujer. "En la habitación de al lado de esta hay algo que es todavía peor que yo, pero para poder pasar a verlo tendrás que darme tus pantalones". Sin camisa ni pantalones, el becario abre otra puerta más y se encuentra a un niño de tres años cubierto de tatuajes pornográficos de la cabeza a los pies que ha sustituido su nariz por un tubo de plástico por el que esnifa continuamente pegamento, nicotina y sangre de foca bebé mientras prostituye a su madre, su padre y a los padres de todos sus amigos para costear su star-up de fabricación de bombas de neutrones caseras. "¿Eres lo peor de la sociedad?", le pregunta el becario. "Ya me gustaría", contesta el niño, "pero no soy nada comparado con lo que hay tras esa puerta de ahí. Déjame tus zapatos si quieres pasar".

Hay varias puertas más, y más gente tras ellas. Tantas como prendas lleva encima el becario. Cuando se encuentra ya desnudo del todo, y se pregunta qué más le podrán pedir, llega a una sala en la que un hombre gordo de rostro gris observa todo lo que ocurre en las demás habitaciones a través de varias pantallas mientras come una bolsa de snacks tras otra. "Ya casi estás", dice el hombre con una sonrisa cansada. "Deja tu corazón aquí y abre la última puerta"

Desnudo y sin corazón, el becario abre la última puerta y entra al despacho. El despacho está limpio, y huele a desinfectante, a dinero y a poder. También hace frío, por lo que el becario coge de la percha el traje azul marino, la corbata azul y los anillos con símbolos y se viste con ellos. No lleva más de un par de minutos sentado en la mesa cuando la puerta se abre y entra en la habitación otro becario. "Quiero que encuentres lo peor de la sociedad, y que lo grabes", le dice el becario-ahora-gerifalte al nuevo becario-becario. "Y cuando lo hayas hecho, entonces podrás ser como yo". El becario-becario asiente, coge la cámara y abandona el despacho, y el becario-gerifalte se queda allí sentado, disfrutando por fin del bien merecido descanso.  


Y la vida sigue adelante, como siempre hace.



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