miércoles, 17 de junio de 2015

MICROCUENTOS 21: "DETALLES"




21-DETALLES

A grandes rasgos todo sucedió como en las mejores historias de género negro. La rubia misteriosa llegó a mi despacho salida de no sé dónde, y traía con ella un misterio por resolver. Sólo que, bueno, en vez de rubia misteriosa era mi perro quien vino, y en vez de despacho era la habitación de la casa de mi familia en las afueras de Ávila, pero bueno. Eso sólo son detalles. Lo importante es el misterio que la rubia traía en la boca mientras movía la cola de un lado a otro: Un cadáver, concretamente el de mi camiseta de Iron Maiden, que ahora aparecía desgarrada y desteñida en varias partes por manchones de lejía. Descubrir cómo había sucedido aquella infamia era a partir de ese momento mi misión. Era un trabajo sucio, pero alguien tenía que hacerlo.

Despedí a la rubia con un largo beso, o más con bien una patada en el culo, y me lancé a mi investigación por los bajos fondos. Tras echar abajo a patadas la puerta de un tugurio cercano al lugar de los hechos, mi hermana acabó confesándome entre lágrimas que había visto a la víctima todavía viva ese mismo día por la mañana en los alrededores del salón, y me suplicó por favor que no volviese a entrar en su habitación de esa manera. En el neblinoso salón, sólo hicieron falta un par de golpes bien dados para que mi abuelo acabase señalando con un dedo tembloroso el camino que llevaba a la cocina. Estaba cerca del meollo de la cuestión. Lo podía sentir en el aire.

En la cocina hallé por fin al cerebro criminal detrás de la trama. Bueno, en realidad a mi madre, que en secreto había estado levantando una red de trata de camisetas a las que secuestraba del armario para utilizarlas como trapos de fregar, la muy desalmada. Ella lo negó todo, claro, e incluso me hizo dudar un poco de mi cordura. Pero en cuanto me relajé mínimamente la vi mirar de reojo los cuchillos del cajón y supe que sólo esperaba un descuido mío para convertirme en fiambre. Me lancé sobre ella, forcejeamos. Tras una lucha furiosa de un par de segundos acabé empujándola balcón abajo, directa al suelo de cemento del patio vecinal, en el que se estrelló con el ruido seco de un coco arrojado desde lo alto de un carguero.

Lo mejor de todo fue que esta última parte se sintió tan de verdad que ni siquiera tuve que imaginarme nada. Puro espíritu detectivesco.

También fueron de verdad del todo las sirenas de policía que vinieron después, lo que pasa es que en vez de llevarse al cerebro criminal se me llevaban a mí, y por desgracia no se me llevaban hacia ninguna comisaría sepia en la que ser interrogado junto con hampones de traje de raya diplomática, sombrero de ala ancha y cicatrices en la cara. Se me llevaban, me temía, una vez más al hospital psiquiátrico aquel donde todo era tan frío y tan aséptico y tan vacío de ningún tipo de romanticismo novelesco.

No obstante daba igual lo que la realidad dictase, pensé sonriendo de lado mientras el coche patrulla aceleraba y una fina lluvia comenzaba a besar el capó desde el cielo gris de las afueras de Ávila. Lo importante era el fondo de la cuestión. Lo importante era el auténtico espíritu aventurero, pulp y portuario de aquella aventura, su intrínseco e inequívoco género 100% negro. 

Y todo lo demás, como se suele decir, sólo eran pequeños detalles.


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