miércoles, 29 de abril de 2015

MICROCUENTOS 14: "QUÍMICA"









14-QUÍMICA

Bajo la luz fría de la sala de pruebas, el químico sacó la bolsita de té de la última taza y acto seguido vertió el líquido humeante en la pileta. Luego acercó el borde del recipiente vacío a su ojo y observó. No le sorprendió ver que habían quedado cinco acumulaciones de posos en el fondo: Una grande, arriba, con la forma inequívoca del símbolo de dólar. A su izquierda y un poco más abajo otra más pequeña con el aspecto de un corazón. Dos más diseminadas por el centro del área circular, una con forma de herradura y otra un trébol de cuatro hojas. La quinta había quedado muy cerca del borde inferior, casi subiendo por él, pero era aún así muy difícil no ver en ella la silueta de un sol redondo y radiante.  Separando la taza de su cara, le habló sin girarse al ayudante del cuaderno marrón que apuntaba a sus espaldas todas las observaciones.

-Cinco también en este- dijo- Dinero, amor, suerte, suerte, vacaciones. Y con él hacemos las mil.

Y ambos se volvieron para mirar de nuevo a las mil tazas que tenían detrás. Todas ellas vacías de líquido. Todas ellas con exactamente cinco acumulaciones de posos en su fondo. En todas, rompiendo cualquier ley estadística, dólar, corazón, herradura, trébol y sol.

-Uau -dijo el ayudante- esto es un milagro.

-Nada de milagros aquí -cortó el químico con cierto desdén - sólo química.

-Perdón - se disculpó el ayudante- Ya sé. Pero es que no puedo evitarlo. Y mire que lo he visto todo ya: Flores que no se marchitan, frutas que no se pudren...ya sabe. Pero esto. Uau. Esto. Un té cuyos posos sólo pronostican buenos presagios. Esto es lo más grande que se haya inventado jamás.

-Química -repitió su jefe con cierto fastidio cansado- sólo química.

Ambos guardaron silencio después, sin saber muy bien qué hacer. En el aire aséptico del cuarto flotaban aún algunos efluvios rebeldes del aroma amargo de alguna de las mil infusiones lanzadas abrevadero abajo.

- Un té cuyos posos sólo pronostican buenos presagios- repitió el ayudante sin acabar de creérselo- Seguro que esto hará que la vida de la gente sea mucho mejor.

-Claro -contestó el químico con una leve sonrisa- tanto como las flores que no se marchitan, y las frutas que no se pudren. Vamos.

Y salieron de la sala de pruebas, cuya luz color hueso no tenía interruptor de apagado, dejando sobre la larga mesa de laboratorio, igual que ojos abiertos, las mil tazas vacías. Desde sus fondos blancos mil símbolos de dólar, mil corazones, mil tréboles, mil herraduras y mil soles le regalaban ahora al techo los mejores presagios que la mano del hombre había podido crear.



Pero no era el techo, por desgracia, quien iba a necesitar toda esa cantidad de suerte.




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