miércoles, 15 de abril de 2015

MICROCUENTOS 12: "POST-VIDA"




12-POST-VIDA
  

Murió. Y, para su disgusto, la muerte cuando le vino fue de todo menos original. Tan sólo un vulgar golpe en el pecho, luego un frío mecánico invadiéndole el cuerpo entero y el suelo viniendo hacia él lentamente. Y él dejándose caer. Y la vista nublándose para mostrarle, durante un lapso de tiempo que lo mismo pudo durar una milésima de segundo que una eternidad, toda su vida de nuevo como en un telefilme barato. Sus pocos fracasos, sus muchos triunfos. Y luego la oscuridad. Y en la oscuridad, tras un rato, el foco de luz. Y él caminando hacia el foco tal y como sabía que debía hacer, y el foco agrandándose, y una luz cálida envolviéndole a medida que la música celestial sonaba más y más fuerte. Y una voz profunda y poderosa surgiendo entonces de lo más alto. Una voz que le hablaba a él directamente, y le decía:

"Íñigo Fernando Díaz-Fitzpatrick y Jiménez de Villandrade-Calleja. naciste en el seno de una familia poderosa, y creciste rodeado de dinero y lujo, y en cuanto las riendas de tu propia vida fueron tuyas, no ocupaste tu corto tiempo más que en amasar más dinero, más lujo y más poder, sin importarte cuánto dolor y sufrimiento podías causar en esta búsqueda sin fin. Pero ahora tu tiempo se ha terminado, y tus actos en vida han sido juzgados, y éste es el destino que te espera durante toda la eternidad.

Y de repente estaba ya en el otro lado. Y el otro lado era un inmenso jardín lleno de luz bajo el cielo azul, en donde no hacía ni demasiado calor ni demasiado frío y toda la gente que allí habitaba iba tan desnuda como él mismo lo estaba ahora. Y allí, en el otro lado, supo entonces, no existía nada parecido al dinero, pues todo cuanto deseara cualquiera de sus habitantes se manifestaba entre sus manos sólo por el hecho de desearlo. Y los árboles daban abundantes frutos, y de las fuentes manaban todos los líquidos y licores que uno quisiera, y no era necesario jamás ningún esfuerzo y nadie tenía poder sobre nadie, pues aquellos cuerpos no podían ser heridos ni sentir dolor alguno, y todos allí eran iguales a todos, eternamente jóvenes y supremamente inmutables en un equilibrio imposible de romper.

Y entonces sentenció la voz:

"Bienvenido al infierno, Íñigo Fernando Díaz-Fitzpatrick y Jiménez de Villandrade-Calleja. Que así lo sufras por los siglos de los siglos."

Y él gritó entonces, por primera vez. Porque miró a su alrededor con más detenimiento y vio las caras de cuantos estaban allí, y reconoció en ellas el dolor, la angustia, la locura y la desolación que aquel sitio producía en sus habitantes. Y a este su primer grito se sumaron muchas de aquellas voces, y ese llanto de horror colectivo duró mucho, mucho tiempo y cuando se agotó vinieron tras de él muchos, muchos más.

Porque la eternidad era larga. Muy, muy, muy larga. Tan larga como para cobijar cuantos gritos hicieran falta.






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