miércoles, 18 de marzo de 2015

MICROCUENTOS 8: "ZENTRUM"



ZENTRUM


Faltaba solo una centésima de segundo para que diesen las cuatro de la madrugada cuando Marcelo Buenaventura, vecino de Santomera (Murcia), soñó con la situación exacta del centro del universo, la cual, por afortunada casualidad, no caía demasiado lejos de su casa. Se levantó corriendo de la cama y aún en pijama bajó las escaleras y recorrió como una exhalación con diarrea la distancia que lo separaba de tal lugar, y allí excavó con las manos desnudas hasta que tocó con algo duro. Acto seguido desenterró sin demasiada sorpresa una pequeña caja de madera de color azul que tenía un interrogante tallado en cada lado. Dentro de aquella caja, tal y como Marcelo pudo comprobar tras hacer saltar el candado con la ayuda de una piedra afilada, había un huevo.



Solo le hizo falta aventurar qué tipo de ave podría salir de un huevo situado en el centro del universo para decidir lo que tenía que hacer. Volvió a su casa a la misma velocidad a la que había venido, y en la cocina sacó sal, aceite y una sartén. Cuando rompió la cáscara contra el borde de metal en vez de yema, clara o ave del paraíso salió del huevo una nota musical distinta a cualquier otra que Marcelo hubiera escuchado jamás. Una nota que, en vez de desaparecer, se quedó flotando enfrente de su cara como si conociera su destino y lo aceptara. Entonces la agarró, sintiendo en la yema de los dedos pulgar y meñique el cosquilleo juguetón propio de las anomalías físico-temporales, y la dejó caer sin piedad sobre el aceite caliente. Cuando consideró que estaba ya hecha la puso en un plato y mojó en ella pan duro de la semana anterior hasta que la nota se consumió del todo.



Todo el resto del día que acababa de comenzar sintió Marcelo en su barriga el eco trascendental y dulce de un coro de monjes tibetanos cubiertos de chocolate blanco. También le pasaron cosas: A las ocho cuarenta y tres, mientras esperaba el autobús que lo llevaría al trabajo, un elefante azul bajó patinando la calle principal y le preguntó por la dirección hacia Salamanca. A las once veintitrés el teléfono de su mesa de oficina sonó. "Buenas tardes, soy el hombre que dice buenas tardes", dijo una voz amistosa al otro lado. A las quince cero dos, mientras calentaba su arroz con salchichas en el microondas, tuvo la breve epifanía de una virgen de Montserrat que tocaba al banjo una nada desdeñable versión de "Let it be". A las diecinueve treintaycinco, en el autobús de camino a casa, se le escapó un eructo de veinticuatro colores modo RGB. A las veintidós diez, mientras veía la serie de médicos, su televisión y todas las del barrio se vieron ocupadas durante media hora por la visión relajante de un pez globo que defecaba burbujas con forma de signo de infinito.

Esa noche, una centésima de segundo antes de que diesen las cuatro, Marcelo volvió a soñar con el centro del universo. Esta vez quedaba algo más allá, no tan cerca de su casa, pero no tan lejos como para no poder llegar corriendo. Así que se levantó una vez más, y corrió una vez más hasta el lugar soñado, y excavó allí una vez más. Pero esta vez, a pesar de que perforó la tierra hasta que el sol estaba ya alto y cabía todo él dentro del agujero, no encontró nada reseñable.


Regresó a casa lentamente y arrastrando los pies, y al llegar se encontró la puerta abierta de par en par. Dentro, todos los muebles habían sido puestos del revés y tanto el techo como el suelo aparecían ahora pintados a cuadros morados y verdes. Su cama estaba hecha, y sobre la almohada se encontró Marcelo una nota de caracteres nerviosos que decía así:"¿¡ACASO NO HAS ENTENDIDO NADA?!". Sin poder evitar sonreír llevó a nota a la cocina, donde sacó sal, aceite y una sartén. Cuando el aceite estuvo caliente le echó encima el pequeño trozo de papel, y éste se volatilizó dejando apenas unas breves letras de humo que decían: "GRACIAS".



Marcelo extendió el dedo y rozó con él los azulejos grasientos de la cocina. En ese momento todo el universo se estremeció con un maullido de placer causando infinidad de terremotos en los que, por fortuna, sólo murió y salió herido quien se lo merecía. Ese día ya no fue a trabajar, ni llamó para dar ninguna excusa. Tampoco llamó nadie del trabajo para preguntar qué le había pasado. Tumbado sobre la cama, con los pies sobre la almohada y la cabeza apoyada en la trompa imaginaria de un elefante azul, Marcelo Buenaventura se dedicó todo el resto de aquella jornada a adivinar entre las grietas del techo el familiar y divertido ronroneo de los mecanismos secretos de la realidad.








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