miércoles, 18 de febrero de 2015

MICROCUENTOS 4: "EL HOMBRE INTRASCENDENTE"




 

EL HOMBRE INTRASCENDENTE.

Si, pero no. En esas tres palabras se encierra el sentido de todo lo que le ocurrió en aquel extraño día. 

Se levantó, sí. Pero no lo hizo. Tan sólo estaba soñando que se levantaba mientras apuraba los diez minutos entre una llamada del despertador y otra. Y dentro de su sueño se duchó y se vistió, y caminó hasta el edificio de oficinas en el que trabajaba. Y al llegar a su cajetín, cogió el ordenador y lo lanzó contra la moqueta, y lo pisoteó hasta dejarlo reducido a pedazos. Después hizo con todos los informes avioncitos que tiró por la ventana, y no se privó de orinar sobre la silla giratoria del despacho del jefe antes de dejar el lugar riéndose a carcajadas. Afortunadamente para él, en el sueño era día festivo y no había nadie en allí para ser testigo de sus terribles acciones. También tuvo suerte de que el temblor de tierra que aconteció minutos después de que se fuese, dejase al resto de la oficina en bastante peor estado del que él había dejado su mesa. 

Sin importarle este último detalle, y cegado ya de temeridad, corrió acto seguido hacia el puestecillo de frutos secos de enfrente de su casa y, en una exposición concisa e inspirada, le declaró a la bella dependienta su más sincero amor, ese que había mantenido en secreto durante cinco largos años. Y ella, sin decir que sí ni que no, retrocedió asombrada y fue a resbalar en un charco de aceite, para acabar golpeando su cabeza contra la gran olla de palomitas. Cuando la unidad del SAMUR logró por fin reanimarla, y ella manifestó síntomas de haber perdido, por el golpe, el recuerdo de lo ocurrido en los últimos (aproximadamente) veinte minutos, él descubrió que ya no le quedaba valor para una segunda declaración, así que le compró un cucurucho de chufas y se fue. Y tiró el cucurucho cuando hubo pasado la primera esquina. 

Después se desnudó por completo y, con palabras malsonantes pintadas en rojo sobre su cuerpo, corrió gritando improperios a la gente por la Calle Mayor. Pero ni aún así logró destacar entre la concurrida manifestación de nudistas que había tomado el centro de la ciudad como protesta por la experimentación en animales. 

Al fin, decidió terminar la jornada perdiéndose en los bares, con una brújula escondida en el dobladillo de sus pantalones para no perder el camino de vuelta. Y habló con gente desconocida de cosas que pronto se le olvidaron. Y bebió, pero no se emborrachó. Y fumó, pero no se tragó el humo. Y en el ocaso de un sol que amagaba entre ponerse y no ponerse, alzó su vaso a media asta y lo llevó a sus labios, sin beber, mientras se decía: Qué buen día he tenido. He logrado cumplir todos mis sueños y a la vez no he logrado cumplirlos. Y mañana podré divertirme de nuevo intentando conseguirlos. Ojalá todos los días fueran como éste. Y entonces se despertó.

O no. 





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